lunes, 10 de marzo de 2014

A sonreír mientras se pueda que nada es para siempre.

Ayer lamenté mucho saber de la muerte de uno de los amigos de la familia de mi hermana, esos amigos que a fuerza de convivir desde la adolescencia y ahora con las parejas y los hijos se empiezan a convertir en familia elegida. Me sorprendió porque era una persona cercana y porque era un hombre joven y, es inevitable escuchar y repetir: la vida es un segundo.

Siempre he pensado que inevitablemente tendremos que pasar por el dolor de despedir a algunos de nuestros familiares y amigos (o ellos a nosotros) y que, eso es lo único que si puedo asegurar de manera contundente. Las teorías de la vida después de la muerte, otras dimensiones y demás son difíciles de entender y sirven de poco consuelo cuando de despedir a un amigo, hermano, padre o madre se trata. Sin embargo, sí creo que podríamos prepararnos más a entender que esta, la de pasar por el trago amargo de la muerte, no es una opción, no es algo que podemos elegir, lo único que podemos elegir es prepararnos para la resignación y el entendimiento de lo inevitable.


Yo no tengo respuestas, ni tengo soluciones, ni propuestas para la vida después de la muerte (a duras penas entiendo lo que pasa en esta vida), sin embargo sí creo que la vida me ha enseñado que nada es para siempre, que todo, en un segundo cambia y que planear muchas veces sirve de poco. La única respuesta que tengo es vivir apasionadamente y tratar de no quedarme con las ganas de nada. A veces, cuando estoy triste trato de recordar que tal vez esté desperdiciando tiempo bueno alrededor de tristezas superfluas y me digo que más me vale ser feliz mientras exista, más me vale ser feliz mientras pueda, porque…inevitablemente tendremos que guardar esa tristeza para cuando nos toque despedirnos poco a poco de los que se van primero, así que… que el llanto sea para cuando valga la pena, para cuando se va un padre o una madre que nos dieron toda su vida en entrega para construir parte de la nuestra, cuando se va un hermano o una hermana con quienes compartimos juegos y llantos de infancia y quienes nos conocen mejor que nadie. En esta ocasión mi hermana, mi cuñado y toda su familia adoptada (amigas, amigos y sus hijos) lloran la partida de su amigo, compañero de risas, cómplice de proyectos y apoyo  para cuando hizo falta. Lloren que vale la pena llorar cuando se va quien uno ama. Los demás a sonreír mientras sea posible que nada es para siempre.




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